EL BANDIDO REALISTA
ANTIMARXISTA, ANTILIBERAL, ANTIMASÓN, ANTIRRELATIVISTA y CONTRARREVOLUCIONARIO
16/05/12
La caridad y la propiedad
Para la Iglesia, si bien la propiedad es legítima, ha de cumplir por supuesto una "función social", por lo cual tal derecho no debe solo satisfacer las necesidades del propietario sino que ha de usarse de él, en forma que resulte útil al bien común. Pero, si el propietario no usa de su propiedad para el bien común, si no cumple con su función social, ¿es lícito, según la Iglesia, privarle de su derecho, o al menos obligarle a que cumpla con tal función? LA RESPUESTA ES NEGATIVA: LA FUNCIÓN SOCIAL DE LA PROPIEDAD ES UN DEBER DE CARIDAD Y NO DE JUSTICIA, Y POR TANTO NO ES COERCIBLE (Cfr. Cardenal Verdier, ob. cit., pags. 107 y ss.).
La Iglesia distingue, en efecto, entre justicia y caridad. LA JUSTICIA, según ella, es la virtud moral que hace que se le dé a cada uno lo que le es debido, e implica el respeto al derecho del otro. La violación de un deber de justicia haría posible que se exigiese coactivamente la restitución. LA CARIDAD, en cambio, es la virtud teologal que hace amar, ayudar y socorrer a los otros porque Dios lo quiere y como medio de probar así el amor hacia Dios; pero la omisión de un acto de caridad constituye una violación de la ley divina o natural, de la que el hombre no puede pedir cuentas, solo Dios. Así SS San Pío X afirmaba que "para apaciguar los conflictos entre los ricos y los proletarios es necesario distinguir la justicia de la caridad. No hay derecho a reivindicación sino cuando la justicia ha sido vulnerada".
En la práctica de tal virtud de la caridad han visto los Papas, a partir de RERUM NOVARUM, la única forma segura de solucionar la "cuestión social" y establecer unas relaciones entre los hombres fundadas en un "ordo amoris" que sustituya a la lucha de clases.
De acuerdo a la función social de la propiedad, SS León XIII nos dice que "una vez satisfechas la necesidad y la conveniencia, es un deber socorrer a los necesitados con lo superfluo". Claro está que resulta muy difícil apreciar qué es lo superfluo, pero Monseñor Guerry nos tranquiliza afirmando que "LO QUE IMPORTA ES UNA INQUIETUD DEL ALMA SOBRE ESTE PUNTO, UNA ADVERTENCIA, UNA BÚSQUEDA DE LA CONCIENCIA ALERTADA POR UNA REGLA MORAL Y QUE SE SABE INTERPELADA POR EL ESPÍRITU SANTO CUYA LEY DE AMOR MARCA EL RÉGIMEN NUEVO INSTAURADO POR CRISTO." E incluso para hacerles aun mas fácil la práctica de la caridad (a esos ricos), la mas bella de las virtudes, major autem horum caritas, se les advierte que la forma de utilizar lo superfluo no ha de ser necesariamente donaciones y limosnas, pues puede incluso revestir la forma de "inversiones para la creación y desarrollo de una empresa"; y el Padre Bayart ha llegado a demostrar que "el jefe de empresa, mediante una sabia política de inversiones, puede tener el medio de practicar esta virtud de la magnificencia de la que, después de Santo Tomás de Aquino, hablaba SS Pío XI en el pasaje de Quadragesimo Anno, sobre los ingresos disponibles". (La propriété capitaliste et la doctrine sociale de l'Eglise).
Cuando San Pablo escribía: "la caridad es paciente, es benigna; no busca su provecho; todo lo sufre; todo lo sobrelleva." (1 Cor., 13, 4-7), estaba muy lejos de sospechar que con el tiempo llegaría a convertirse en la virtud propia de los managers y empresarios.
Los explotados, en cambio, si no les es posible ejercer la virtud de la caridad, sí están en capacidad de ejercer la de la paciencia.
02/05/12
25/04/12
La Monarquía Pura
18/04/12
Asociación Memoria Navas de Tolosa 1212 (VIII Centenario de la victoriosa batalla)
El sábado 21 de abril, a las 17:30, en el Parador de Jaén será presentada la ASOCIACIÓN MEMORIA NAVAS DE TOLOSA 1212. Intervendrá el escritor Guillermo Rocafort.
En próximas entradas, una vez que contactemos con los miembros de esta asociación, informaremos sobre la misma.
Celebramos que surja una iniciativa como ésta en el VIII Centenario de nuestra victoria de las Navas de Tolosa (hecho significativo que cambió el curso de nuestra historia, con la aniquilación virtual del Imperio Almohade y el fin de la nueva expansión mahometana, la mas peligrosa, con la victoria de los ejércitos cristianos acaudillados por Alfonso VIII de Castilla, Pedro II el Católico de Aragón, Sancho VII el Fuerte de Navarra, Diego López II de Haro de Vizcaya, y el arzobispo de Toledo Rodrigo Jiménez de Rada, al frente no solo de castellanos, aragoneses, catalanes, navarros y vascos, sino también de voluntarios gallegos, leoneses, portugueses y ultramontanos).
Honor y Gloria a aquellos héroes.
30/03/12
Monarquía tradicional Vs. monarquía liberal

El liberalismo, el enemigo capital de la bandera española que ostenta el trilema Dios, Patria y Rey, ¿Quién imaginaría que se esforzase en reclamar para sus nefandos y oscuros pendones, el emblema de la antigua España católica? Así como el protestantismo, negando toda autoridad divina y humana, se miente a sí mismo, el liberalismo español, su digna prole, hace lo propio. Et mentita est iniquitas sibi. Si Tertuliano llamó al diablo mona de Dios porque fingía imitar sus obras, si hoy viviera, llamaría "mona del protestantismo", al liberalismo.
No hay perfección absoluta en ninguna de las formas de gobierno conocidas y ensayadas hasta hoy; pero el derecho público fundado en la experiencia de los siglos, ha proclamado que la mejor y única forma de gobierno posible, es la que concentra los poderes del Estado en un solo monarca, enlazando la universalidad con la unidad, como el gobierno de la Iglesia, fundado por el Hijo de Dios; y el de Saul, primer monarca nombrado por el mismo Rey de los reyes, o por su orden; que es la única fuente del derecho divino, al decir de los libros santos: per me Reges regnant. Derecho que toma, si cabe, mas fuerza y aumento de los desprecios y negaciones insolentes del ignaro liberalismo, cuyas sectas o partidos, mas o menos fanáticos se rechazan, destrozan y condenan mutuamente, sobre quién ha de comerse la pera mas gorda, en la gráfica expresión del cautivo de Santa Elena.
De manera que el liberalismo forma una especie de mosaico de varios pedazos y diversos colores, como el protestantismo, según el inmortal Perrone. Y visto en todas sus fases, es el bufo de la civilización moderna; rama que, desgarrada del árbol monárquico, no puede tener las condiciones, propiedades y distintivos gloriosos de la monarquía tradicional; porque no es, como ésta, un delegado del monarca universal, fundador y supremo legislador de la sociedad, y no puede aspirar a su posesión sin pasar por las horcas caudinas de las contradicciones que los jurisconsultos llaman de hecho, derecho, origen y desarrollo, de organización, lugar, tiempo, nombre y doctrina.
En efecto, la monarquía liberal es una contradicción de derecho, porque su título solo comprende el menor número de individuos en las poblaciones; cuando la tradicional, que es la única monarquía verdadera, comprende a todos los individuos y todos los pueblos que le han dado su nombre, y aquélla jamás abrazó a todo un pueblo.
La monarquía católica y la liberal, son dos cosas contrarias y antitéticas; la monarquía pura, moderada por la ley fundamental, como en España, desde tiempo inmemorial; siempre combatida, como su Madre la Iglesia, pero jamás vencida sino momentaneamente, siempre igual a sí misma en magnificiencia y solidez.
Sin embargo, ese aborto satánico del abismo, sin pruebas ni documentos de ningún género, pretende usurpar un emblema indivisible y único, en favor de unos partidos liberalescos que reciprocamente se aborrecen y cuyo lema protestante es la división que los devora y consuma su ruina. Para el liberal, eso de monarquía tradicional es un trasto viejo, tan sobajado como la señora del Toboso: cuando la monarquía liberal, con su Rey de bastos, es una cosa tan nueva como la niña gaditana de 1812, hoy, para colmo de dichas y honras españolas, abuela de la golosa topetina. Lo peor está en que, según fama, el árbol que regaron con sangre española, parece ser que en los primeros siglos no prometerá fruto alguno. No puede ser otra cosa el sonambulismo liberalesco, que si un día se dice monárquico-católico, como se llaman rabones a los mulos sin cola, lo desmienten con sus hechos al día siguiente, conjurándose de mancomún contra la monarquía, y derribando la misma que ellos levantaron, lo cual no quita que sigan gritando ¡Viva la monarquía democrática!.
Dios confió la soberanía, y del cual la recibieron todos los que ejercen la dominación suprema de las naciones. Porque aquello de soberanía popular, es una quimera en que no creen ni los mismos que la inventaron; pero les tenía cuenta, porque a río revuelto nada pierden los pescadores de uñas luengas.
D. Hevia (1871)
23/03/12
Glorioso linaje

El Rey Don Carlos Mª de Borbón y Austria-Este: Borbón de la rama primogénita y desterrada desde la protesta de la España tradicional contra el Liberalismo triunfante; Austria, de la casa representativa de las legitimidades caídas en Italia al impulso de la revolución garibaldina; Bragança, de la estirpe Miguelista, con la misma representación contrarrevolucionaria; y Saboya, del primitivo linaje, santificado por la evolución de la segunda línea de los Príncipes de Cariñán. Era por los cuatro costados vástago de los cuatro linajes mas significados por su fidelidad a los principios tradicionales y al derecho histórico en aquellos días de su nacimiento.
Otro apunte al bicentenario (1812-2012)

Primero fue la napoleónica Constitución de Bayona de 1808, y luego la de Cádiz de 1812, que con todas las constituciones liberales habidas y por haber, porque todas ellas son hijas del nefando y punible ayuntamiento de la diosa Razón con los enciclopedistas y utilitarios padres inmundos de los viejos partidos jacobinos y afrancesados, sembraron de falsas libertades, humillaciones y hedor, el suelo patrio, que con tanta claridad de criterio nos pinta el señor Botet: “de sentido cada día mas extranjerizado y con tendencia cada día mas centralizadora creadores del Estado moderno, de este monstruo armado hasta los dientes, con una voracidad insaciable y unas uñas que se clavan en todos los miembros del cuerpo social”.
He aquí mi resumen escueto y contribución correligionaria, para en este año que nos toca, desmontar y desenmascarar humildemente, ese montón de papel roñoso que nos venden como la primigenia panacea del Estado, desde uno u otro lado del caciquismo político, que a día de hoy descansa sus posaderas (porque no hacen otra cosa que eso, descansar) en eso que llaman injustamente “Cortes Generales”.
Ramón Nocedal explicaba bien: “la primera vez que el Liberalismo amenazó entrar en España fue en la Constitución de Bayona, la segunda, fue en las Cortes de 1812; aquellas Cortes impuestas a la Regencia por las turbas revoltosas de Cádiz, mientras que los españoles que no amaban las libertades modernas peleaban heroicamente contra ellas y contra los ejércitos franceses”.
Después de aquello vinieron los partidos liberales a España, pero no por voluntad nacional. El año 1820 llegaron por la deserción de Riego, que volvió la espalda a la América española (o mejor, la España americana), dejando que se perdiese; y vino a establecer por la fuerza, ante la cobardía del felón Fernando VII, la Constitución de 1812.
Por ejemplo, en el caso de Navarra, puede decirse que a pesar de viento y marea, nunca se aceptó el panfleto en cuestión, que de un solo golpe lastimó sus acendradas creencias religiosas y holló sus derechos seculares. Como comisionados del Reino de Navarra, el teniente general don Javier de Elio, y su hermano don Joaquín, pusieron en manos de Fernando VII lo que sigue: “V.M. A quien la Divina Providencia destinó el trono de Las Españas (…) para acreditar la justicia de esta respetable súplica; pues le consta que a un príncipe católico delineado, como lo es V.M. para modelo de los virtuosos en los fastos de la posteridad, es sola la imperiosa voz de la Religión emanada del Cielo y pronunciada desde el Trono del mismo Dios, la exclusivamente decisiva de todo asunto, sin consideración a reflexiones humanas y a cuyo imperio ceden los especiosos títulos con que pudiera la política, al favor de la violencia, extorsiones y artificios, pintar como voluntaria la aceptación de una Constitución nueva que siempre detestó el Reino y aun de hecho no llegó a efectuarse por sus legítimos representantes, que son los Tres Estados, congregados que debían ser al efecto en Cortes Generales, en quienes en su soberano, residen unicamente las facultades para añadir, variar o aclarar el precioso tesoro de sus instituciones fundamentales.
“Si el tiempo, Señor, permitiese correr el velo que cubre esta farsa o aceptación hecha entre el tumulto y la fuerza, aparecería uno de los méritos mas brillantes que ha podido contraer el Reino en obsequio a V.M. (…) Lejos de haber suscrito a la aprobación de dicha Constitución nueva, ha dado siempre señales exteriores de una desaprobación expresa”. Concluía pidiendo la reposición de los fueros y libertades del Reino, que Fernando VII restableció efectivamente, aunque de hecho las mutiló y quebrantó repetidas veces por gustarle demasiado el absolutismo regio, como a los liberales gaditanos gustaba el absolutismo liberal (mal llamado, soberanía nacional). Ya se sabe, que polos opuestos, se atraen.
22/03/12
El Abate Agustín Barruel, S.J.

"No aumentaremos la amargura de las quejas que en el día se forman contra tantos Príncipes seducidos por los jefes de los impíos, y no les diremos: '¿En qué ceguedad tan extraña vivíais? vuestra obligación era estudiar nuestros libros religiosos, para aprender a ser mejores y hacer mas felices a vuestros súbditos, y vosotros os abatisteis a disputar y aprender de los sofistas, y a seguirlos en sus argumentos contra Cristo y sus profetas. Si teníais dudas sobre la religión ¿por qué recurríais a hombres que habían jurado destruirla? Llegará el día en que el Dios de los cristianos hará nacer también dudas sobre vuestros derechos, y remitirá vuestros pueblos a los jacobinos para que las resuelvan. Vedlos ya en vuestros estados y palacios, dispuestos a aplaudir estas objeciones, como Voltaire las que vosotros hicisteis contra Cristo. Responded a su espada con las que ellos respondían y responden a vuestras leyes ' ". (Haciendo referencia a la nómina de reyes, reyezuelos y príncipes, a sueldo de la Masonería).
20/03/12
18/03/12
El balcón de Churruca

En la villa de Motrico
el Rey de Castilla está;
la casa del gran Churruca
se propone visitar.
Y el Rey, que honra la memoria
del gran marino inmortal,
del santo amor de su pueblo
pruebas recibiendo va.
Córdoba, Anrich, Carnevali,
Viñalet y algunos mas
ya, con el Rey, de Churruca
pisan la casa natal.
Desde el balcón favorito
del héroe de Trafalgar,
contempla el Rey los espacios,
la ancha llanura del mar.
Cruzando, cerca del puerto,
tres naves rebeldes van,
de Churruca el alto muro
divisan con claridad.
Distinguen, en sus balcones,
las rojas boinas brillar,
y, a la indefensa Motrico,
hacen fuego sin piedad.
¿Qué dijera el gran Churruca
si, a sus reyes, desleal,
de aquí, viese a la Marina
su pueblo bombardear?
Así exclama el Rey de España;
y esta respuesta le da
un marino. "¡Mas quisiera
no haber visto a Trafalgar!
¡Y a vivir, le hubiese muerto
nuestra ignominia naval,
como mató a Méndez Núñez
su deshonra contemplar!"
Y mira el bravo marino
una lágrima en la faz
del Rey, correr por su rostro
y, al fin, la tierra mojar.
"¡Aun hay marinos en tierra
con honra y con lealtad!"
dice el Rey. "¡Si los leales
sobre ella deben pisar!
Si nuestro honor, de los mares,
el cielo desterró ya,
todos, todos los marinos
debimos desembarcar!"
Buque extranjero de guerra
cruza a lo lejos el mar,
y sentado sobre el puente
se divisa al capitán,
¡Que al ver, de aquellos tres buques,
la salvaje indignidad:
con insultante sonrisa,
escupe airado a la mar...!
¡Marinos, si las espumas
veis vuestro buque asaltar,
las salivas del desprecio
de los honrados serán!
¡Y no encojáis vuestros hombros,
con indiferencia audaz,
que, con desprecio, Churruca
escupe del cielo al mar!
¡Vosotros, los que mirasteis
la lágrima que honró mas
al suelo donde naciera
el héroe de Trafalgar:
Probáis, como el gran Churruca
y Méndez el inmortal,
¡ QUE QUERÉIS HONRA SIN BUQUES;
BUQUES SIN HONRA, JAMÁS!
¡Vosotros sabéis, marinos,
que, en el sentido moral,
una lágrima ser puede
mas grande que vuestro mar!
EL CONDE DE GUERNICA
17/03/12
La edificación y la destrucción del edificio social

15/03/12
El Chapel-Zuri

Que le sea propicia o no la suerte,
desde que el dulce hogar dejó olvidado
en cumplimiento de un deber sagrado,
por el que arrostra impávido la muerte,
lo mismo en campo abierto que en el fuerte
ofrece al pecho el plomo denodado,
porque a la vista de su Rey amado
jamás el riesgo que le cerca advierte.
Y cuando al golpe de la atroz guadaña
quebrarse el hilo de su vida siente,
sin vislumbrar el fin de la campaña,
después de haber luchado cual valiente,
invoca a Dios, al Rey, a España,
y muere cual cristiano penitente.
X.H.
13/03/12
Bajo el roble de Guernica

Vanguardia de las Españas,
alza el vizcaíno solar
sus gigantescas montañas
con el hierro en las entrañas
y sus pies rendido al mar.
Llorando su desconsuelo
el antes libre Nervión,
sigue cruzando este suelo,
que de peñón en peñón
parece abrazarse al cielo.
Sus hijos y hermanos míos
el rayo son de la guerra,
que han dominado bravíos
con su corazón la tierra,
y la mar con sus navíos.
Hoy gimen los ruiseñores,
está de luto el Altar,
Y a los cielos ví llorar
sobre el cáliz de las flores,
y lloran ríos y mar.
Llora el hombre y la mujer,
la gente vieja y bisoña,
y hasta he llegado a entrever
como lágrimas correr
por la Virgen de Begoña.
¿Qué causa tanto rigor?
¿En qué duelo tal se entraña?
es el cristiano dolor
Con que está llorando España
la orfandad de su Señor.
Llora entera la Nación;
sus municipios Castilla,
su libertad Aragón,
su antiguo fuero León
y su grandeza Sevilla.
Valencia sus consejeros,
Baleares sus linajes,
Cantabria sus concejeros,
Cataluña sus usajes
y la Vasconia sus fueros.
Desde el vasco al andaluz
al ver no impera la Cruz
sobre este suelo español,
nos parece que hasta al sol
falta mitad de su luz.
De patricios verdaderos
es nuestro amargo llorar,
que, vascongados sin fueros,
os halláis como extranjeros
en vuestro mismo solar.
Y lloráis las hondas penas
del hombre heroico y altivo,
a quien por traición, apenas
lograron rendir cautivo
y arrastra duras cadenas.
Calmad los tristes dolores
pensando, siempre serenos,
si no fuisteis vencedores
luchasteis cual los mejores
y caísteis como buenos.
Animo, pues, con desdén
miremos la suerte impía,
y nueva esperanza os den,
que a la noche sigue el día
como del mal triunfa el bien.
Vuestro país recorriendo,
y en nuestra España pensando,
de este modo meditando,
de esta manera diciendo
fui una montaña escalando.
Llegué al alto, y de repente
como un eco, me replica
desde el cielo omnipotente,
y me encontré frente a frente
con el árbol de Guernica.
Al verle y hallarme allí,
yo no sé lo que sentí,
que el alma se me ensanchó,
y una voz dentro de mi
me hablaba, que no era yo.
"La desgracia es pasajera
cumpliendo de Dios la ley,
seguid, que el triunfo os espera,
pues tenéis santa Bandera
y a usanza española, Rey".
Marqués de Cerralbo, 1889
12/03/12
La bandera de los Zuavos (Ignacio Wills 1849-1873)

Tendido en el polvo
cubierto de heridas
oprime en sus brazos
el bravo carlista,
la augusta bandera de sangre teñida.
Aun oye luchando
con breve agonía
los hierros que chocan
las balas que silban.
Al cielo levanta
el alma y la vista,
murmuran sus labios
Postrer despedida.
-¡Señor! ¡Mi bandera!,
Gimiendo suspira,
¡Que no me la quiten
ni en muerte ni en vida!
Sus ojos se cierran,
sus manos se crispan
y muere besando
la Cruz bendecida.
Allá, en el palacio
Do el Rey deposita
los santos recuerdos,
las nobles reliquias,
ostenta sus pliegues
la enseña bendita,
manchada de sangre
del bravo carlista.
Miró Dios al héroe
que orando moría,
oyo su plegaria
ferviente y sentida,
salvó la bandera
de toda mancilla,
y el Rey con respeto
la guarda y la mira.
Jamás tocó en ella
la mano enemiga
que el héroe la guarda
en muerte y en vida.
Carlos Verdugo - 1892
A la memoria de Ignacio Wills
09/03/12
¡Viva el Rey!

Cantemos, españoles,
al Dios que nos augura
"La España verá pura
Triunfar su religión".
Cantemos, españoles,
con voz que suba al cielo
al rey del patrio suelo
Don Carlos de Borbón.
Guerra al Liberalismo
Guerra, sí, al Lliberalismeque pretent ab fera sanya
aufegar del cor d'Espanya
lo crit de: Deu, Patria y Rey.
Valor y pit; que algun día
será nostra la victoria,
y entonarém cants de gloria
á la llegítima lley.
--------------------------------
Guerra, sí, al Liberalismo
que pretende con fiera saña
ahogar del corazón de España
el grito de: Dios, Patria y Rey.
Valor y pecho; que algún día
será nuestra la victoria,
y entonaremos cantos de gloria
a la legítima ley.
Voltreganès
08/03/12
Don Ramiro

"Ramiro de Maeztu encontró en las maneras de los españoles de los S. XV y XVI, vencedores del mundo, el acierto incomparable de una política interior y exterior imposible de superar, si no es por españoles que sigan las enseñanzas de los siglos clásicos. La vuelta a lo nuestro. A nuestras instituciones, a nuestro modo de ser, que es único. Y siempre abrazados a la Cruz. Todo lo que en España sea separarse del Catolicismo es abandonar el ser, la vida de España."
07/03/12
La Tradición que no muere

En cien años de protesta
contra la Revolución,
no ha logrado doblegarnos
frente a frente ni a tración.
Aunque ha urdido mil engaños,
uno a uno han muerto ya,
y los vence. Viva siempre
nuestra Legitimidad.
Somos los cristianos viejos
de española Tradición.
No entendemos de partidos
en la Santa Religión.
Damos la vida a la Patria
por su intangible unidad
y la sangre por los fueros
de la vieja libertad.
Luis Hernando de Larramendi (1882-1957)
16/01/12
La necesidad de la monarquía hereditaria (tradicional, obvio)

La Revolución ha derribado lo existente sin edificar nada nuevo que ofrezca suficiente garantía de estabilidad y duración; ha dejado la sociedad como casa cimentada sobre la arena, expuesta a caer a la primera arremetida de los vientos.
La monarquía hereditaria es una necesidad para los pueblos; pero es preciso que la monarquía sea de sentimiento, de tradición, que se ligue profundamente con ideas religiosas y morales, que esté acompañada de una vasta organización social en analogía con ella: si no es así, jamás se hará entrar en la cabeza de los hombres el dominio de una sola familia sobre una nación de muchos millones de habitantes. No por cálculo como dicen los "monárquicos nuevos, LOS QUE HAN SURGIDO DE LA REVOLUCIÓN, y que quieren la monarquía como un medio de conservar el botín". ¡Ilusión! la monarquía no puede ser en ningún país una forma calculada puramente convencional. Desde el momento que los pueblos calculan sobre la monarquía, en vez de amarla, la monarquía muere.
Cuando la Iglesia consagraba solemnemente a los reyes y rodeaba la persona del monarca de ceremonias augustas, hacía una obra muy política estableciendo la condición, sin la cual las monarquías hereditarias no pueden ser duraderas. En las instituciones modernas se emplea también la palabra de sagrado e inviolable; este es un esfuerzo que se hace por suplir lo que falta. ¿Pero se suple, discutidas las condiciones de la monarquía en pleno parlamento, haciendo surgir el trono de entre las manos de una comisión de abogados? ¿Se les presenta a los ojos de los pueblos con la elevación a que debe encumbrarse para recabar su misión y acatamiento? (Pensamientos y máximas filosófico-católicas, Vol. 2)
24/11/11
En defensa del Rey Legítimo (por un botifler anacrónico)

La muerte del último Habsburgo, trajo la disputa dinástica a las tierras de España. En el Antiguo Reino de Valencia, la causa de don Carlos era la continuidad de los Austrias y una administración mas acorde con nuestros viejos usos. Aunque las Cortes hace tiempo que no se reunían, aunque para poco bueno sirvieron las Cortes del pasado siglo, aunque en el salón de la Generalitat donde los brazos viejos pintados nunca se han reunido Cortes, se prefería en un principio la causa de don Carlos, porque siempre hemos tenido prejuicios contra los extranjeros y mas si son de Francia (como si Carlos V no lo hubiese sido en su día).
"Desde 1700 a 1705 no hubo en Valencia mas que afecto al rey Felipe V, y que solo cuando llegó a Denia la potente flota inglesa, temerosa la gente de ver truncada su vida tranquila con un terrible bombardeo, pudo el mariscal Juan Bautista Basset, con la connivencia del gobernador de la plaza, tomar la ciudad y proclamar rey al Archiduque.
Poco se ha dicho, pero fue verdad: las autoridades valencianas, nuestro virrey, no resolvían. Y las demandas de tropas que los jurados de Valencia hicieron para defender el reino de los austracistas, no fueron escuchadas en Madrid. Quedamos los valencianos solos para defender a don Felipe con una tropa de 500 hombres que pagamos con una sisa sobre la carne. En cuanto Basset se presentó en Valencia, el virrey, temeroso, le abrió las puertas sin combate y fuimos de la causa austracista sin pasión popular. Inundaron Valencia de oro y plata inglesa y portuguesa, y eso decide a las gentes mucho. Solo cuando el Archiduque, cual rata que abandona el barco que va a hundirse, huye de Valencia en marzo hacia Cataluña, pudieron las autoridades y el pueblo en alguna medida saber la verdad: habían sido abandonados a su suerte. Después vino la derrota, la entrega de Valencia y la súplica de una clemencia que no se vio por parte alguna (una de las grandes sombras de Felipe V, su conducta vengativa y revanchista para con los vencidos). Los valencianos fuimos acusados, en general, de desleales y de delito de rebelión. Y esa culpa lanzada contra un pueblo, nos hizo perder los viejos usos y fueros (aunque al morir Carlos II estaba la justicia abandonada, la policía descuidada, los recursos agotados, los fondos vendidos, la religión disfrazada, la nobleza confundida, el pueblo oprimido, las fuerzas enervadas y el amor y el respeto al soberano, perdidos).
En 1719, Felipe V fue acogido con entusiasmo y muy calurosamente en Valencia. Manifestó su profunda satisfacción y accedió a conceder la licencia para que fuese restaurado el Derecho Civil Foral valenciano. Posteriores informes no hicieron posible llevar a efecto esta gracia y hay que decir en verdad que las autoridades valencianas pusieron poco celo en ello. " - Hª del Reino de Valencia.
El catalán Jaime Vicens Vives reconoce que el siglo borbónico, pese al régimen de Nueva Planta, resultó muy beneficioso para los reinos de la antigua Corona de Aragón, esencialmente Cataluña y Valencia (mediante una triple expansión demográfica, comercial y fabril).
Está claro que dichos Decretos de Nueva Planta supusieron la usurpación del Derecho Público en los territorios de la Corona de Aragón, pero también es cierto que el sistema administrativo anterior ya adolecía de vicios y carencias preocupantes que estaban sumiendo a sus territorios en una situación próxima al colapso económico. Nunca han sido los fueros algo arcaico y estático, por el contrario, ese dinamismo y renovación que hacía falta, esa evolución quedó estanca con el reinado de los dos últimos Austrias. Ya no solo en los territorios de la Corona de Castilla (mermada por las continuas guerras europeas), sino en los de la antigua Corona de Aragón la situación era crítica desde el reinado de Carlos II. Como en los tiempos de la República romana, se necesitaba enderezar el rumbo tras haber tocado fondo: era simplemente pervivir o dejar de existir, y ahí entraba en juego el dictador romano, para nuestro caso, la llegada de los Borbones. Estar bajo la protección de Francia, la principal potencia entrado el S. XVIII, fue la mejor, mas lógica y madura opción, y así lo demostraron los acontecimientos en los sucesivos años. Jamás supuso convertirse en mero satélite del país galo. Ese apadrinamiento familiar, llamémosle de algún modo, duró hasta que Felipe V tuvo conciencia de su propia grandeza y de la grandeza de la que ahora era su patria, por la que luchó y a la que amó a lo largo de su vida. Si se ha hablado siempre de los Austrias Mayores (entre los que podría figurar Felipe III) y de los Austrias menores, con igual justicia habría que hablar de los Borbones Mayores (Felipe V, Fernando VI y Carlos III) y de los menores (el resto, hasta nuestros días, exceptuando a la rama legítima, pues nunca se le ha permitido reinar desde la usurpación).
"Felipe V había cumplido en lo esencial el testamento de Carlos II, había mantenido y reforzado la unidad atlántica entre España y sus Indias. Había perdido territorios dispersos en Europa, pero había recuperado el sur de Italia (Sicilia y Nápoles). Dejaba a España dos herederos excelentes, que ampliarían y elevarían la grandeza de la Corona. Había reformado sus reinos de España, había conseguido un serio progreso cultural y económico, y había recobrado el respeto de Europa. España había vuelto a ser una gran potencia" – De la Cierva.
17/11/11
El Juramento

Recibe con la diadema el signo de la gloria y la corona del reino, y así vivas con justicia, misericordia y piedad. Recibe el pomo de la dignidad y por él en ti reconoce el distintivo de la fe católica, porque, como hoy eres ordenado cabeza y príncipe del reino y del pueblo, así perseveres como garante y apoyo de la Cristiandad. ¿Quieres gobernar y defender tu reino, el cual Dios te lo ha concedido, según la justicia de tus antepasados?
-Nos, queremos.
10/11/11
Breve apunte a España y su Cristiandad
S. XVI y S. XVII. Están en pugna dos concepciones de la vida: la MODERNIDAD, que pretendían los herejes protestantes como idea antropocéntrica y racional, para un nuevo orden mundial; y la CRISTIANDAD, el legado de Carlos V y Felipe II, al que España se aferraba en medio de un esplendor cultural que avasalló toda Europa.Por otro lado, ya con predominio de sentido político y secular no religioso, estaba la Francia "Iscariote", de orientación marcadamente personalista a diferencia de la España de orientación universal, que se dedicó casi durante dos siglos (salvo contadas excepciones) a acabar con esa hegemonía e idea de la Cristiandad española (Universal, esto es, católica), no dudando en aliarse con el Turco, con los protestantes orangistas de los Países Bajos o la Inglaterra anglicana, e incluso con los electores luteranos del Sacro Imperio en los tiempos de Richelieu.
La España de los Austrias, no obstante casi en solitario, pudo antes de desangrarse en su decadencia, en un último esfuerzo mártir, preservar (aunque parezca exagerado, no lo es) en la Cristiandad, a la Francia de Clodoveo y a los Países Bajos del Sur, de los que hoy, Bélgica como ente político le debe su propia existencia. Dejando, legando y perseverando parte de su idiosincrasia en la nueva Cristiandad: las Américas y Filipinas.
No se puede entender esta agonía y sacrificio, sin comprender el eterno ideal quijotesco que caracterizó a España desde la conversión de Recaredo y que sucumbía por el gran peso que soportaba, durante el reinado del Felipe IV.
19/10/11
Los poderes sociales

Decía Balmes que los gobiernos representativos, tales como los concibió y planteó la filosofía del S. XVIII, están basados en la desconfianza, garantidos por la división, vivificados por la oposición y sostenidos por la lucha.
La Constitución francesa, obra de la Asamblea constituyente, y la de Cádiz de 1812, son la prueba.
En la sociedad, como en la naturaleza, el hombre nada crea; arregla, ordena, usa, pero los seres preexisten a su acción, él no puede producirlos. El orden social, como la naturaleza, tiene sus fuerzas que al hombre le es dado reunir y dirigir, mas no crear. Los poderes políticos, si han de ser dignos de este hombre, deben ser la expresión de los poderes sociales; de tal manera que las constituciones no han de hacer mas que llamarlos a ocupar el puesto que les corresponde. Inteligencia, moralidad, fuerza (La INTELIGENCIA concibe y ordena; la MORAL justifica; la FUERZA ejecuta y defiende; aplicad estos tres elementos a la administración del Estado, y tendréis excelentes instituciones políticas), he aquí lo que gobierna el mundo; he aquí los verdaderos poderes sociales; donde aquéllas se encuentran, allí se hallan éstos; las instituciones políticas deben reunirlos y organizarlos.
Los que han confeccionado las leyes fundamentales, no siempre han tenido a la vista estas doctrinas enseñadas por la razón y confirmadas por la historia; han creído que bastaba la palabra del legislador para improvisar un poder; pero la experiencia ha venido a demostrar que no es lo mismo un poder legal que un poder efectivo. Así, en las constituciones modernas hay dos partes distintas, sin la intención y contra la voluntad de los mismos que las formaron: una fundamental, otra reglamentaria. En vano se ha dado a todos los artículos un mismo carácter, y en vano se les ha fortalecido con idéntica sanción: lo que expresa poderes sociales preexistentes a la ley, es verdaderamente fundamental; lo demás es fundamental de nombre, reglamentario de hecho.
21/09/11
Soberanía Nacional (y tiránica)

La soberanía nacional no puede fundarse en la obediencia, ni cuando desobedece, porque la soberanía no puede nunca fundarse en la insurrección. La idolatría de la civilización moderna y la libertad es el desenfreno de las pasiones populares. ¿No? Ecce Homo. Pío IX ya trajo el encargo de derrocar al ídolo y demostrar su engaño a las gentes: como lo hizo en la encíclica del 18 de marzo de 1861, condenando la civilización moderna por impía y usurpadora. La idea de fraternidad escrita en la bandera de los demagogos, trae su origen de la idea de la unidad del género humano, idea que no es demagógica, sino genesiaca: revelada al hombre por Dios, y que no ha sido inventada por aquél: no obstante, los demagogos se valen de ella como medio para seducir a los incautos, y por esto realizan ellos sus planes. La libertad se funda en el libre albedrío revelado por Dios al genero humano, por eso los ateos negando a Dios, niegan la verdadera libertad, y proclaman la licencia y el libertinaje.
DONDE QUIERA QUE EL HOMBRE OBEDECE A DIOS, HAY LIBERTAD Y DONDE QUIERA QUE OBEDECE AL HOMBRE, HAY SERVIDUMBRE. El Catolicismo quebrantó en el mundo todas las servidumbres. Siendo el hombre a un mismo tiempo corpóreo e incorpóreo, no puede ser completamente esclavo siendo católico, así como infaliblemente lo es en todos aquellos países donde el monarca reune las dos potestades (civil y religiosa), como sucede entre los protestantes, mahometanos, etc...y donde impera la revolución con la república o la democracia turbulenta (que es toda democracia moderna), es decir, DONDE SE PROCLAMÓ LA SOBERANÍA DE LOS ESPECULADORES DEL GENERO HUMANO.
LA LIBERTAD CATÓLICA es el resultado de la santa confianza que pone el pueblo en su príncipe, y del santo amor que pone el príncipe en su pueblo. La tan ansiada LIBERTAD REVOLUCIONARIA, no la quieren sino como medio para poderse remontar a la región altísima donde está la potestad suprema 'instrumentum regni': es decir, COMO HACEN CON LOS CANDIDATOS DEL PUEBLO; NO LOS QUIEREN MAS QUE PARA QUE LES SIRVAN DE INSTRUMENTO PARA ELLOS, Y HACERSE DUEÑOS DEL PRESUPUESTO, QUE ES SU FIN Y EL GOCE DEL DIOS DELEITE.
11/07/11
Militia est vita hominis super terram

Las flores de Lis en la Heráldica hispana
09/05/11
Carlos III
Duque de Parma, Piacenza y Toscana, y rey de Nápoles y Sicilia. Proclamado rey de España en 1759. Sostuvo bastantes guerras y reconquistó Menorca, robada como Gibraltar por los británicos (pero en esta última empresa de recuperar el peñón, no tuvo suerte).
Fomentó las Artes y las Ciencias, y construyó carreteras, caminos, puertos, canales, fuentes y puertas monumentales. Anciano ya de 72 años y estando próximo a morir, entró en su estancia el Patriarca de las Indias y le preguntó:
- Señor, antes de comparecer ante el tribunal de Dios, decidme: ¿perdonáis a vuestros enemigos?
A lo que contestó el monarca:
- ¿Pues había de esperar a este momento para perdonarlos? A todos los perdoné en el momento mismo en que me ofendieron.
El Patriarca le bendijo, y en paz con su conciencia, el rey entregó su alma.
En memoria.
22/04/11
Sufrimientos morales de Nuestro Señor Jesucristo durante Su Pasión

http://argentinidad.org.ar/sufrimientos-morales-de-nuestro-senor-jesucristo-durante-su-pasion
El Cristo Sindónico de Córdoba, España.
Cada uno de los episodios de la vida de Nuestro Señor y Salvador es de tan insondable profundidad que nos proporciona inagotable materia de contemplación.
Todo lo que concierne y se refiere a Dios es infinito, y lo que percibimos primeramente es sólo lo superficial de aquello que tiene su comienzo y término en la eternidad. Sería presuntuoso para cualquiera, salvo para santos y Doctores, pretender comentar las palabras y los hechos del Salvador, a no ser en la forma de meditación. Sin embargo la meditación y la oración mental son de tal manera un deber para aquellos que desean alimentar su fe verdadera en Dios, que se nos permite amados hermanos míos en Jesucristo, y guiados por los santos que nos han precedido, discurrir y explayarnos en estos temas que de no ser así, beberíamos más adorar que escudriñar. Ciertas épocas del año, especialmente la de Pasión, nos induce a que consideremos cuidadosa y minuciosamente aquellos pasajes del Evangelio considerados como los más sagrados.
Preferiría que se me tildase de poco firme u oficioso en mis comentarios del Evangelio, antes que de ajeno a este tiempo de la Pasión. Ahora, pues, prosigo, aunque cualquier otro predicador individualmente pueda abstenerse de hacerlo, encauzando vuestros pensamientos hacia un tema, acerca del cual pocos de nosotros meditamos, y que es adecuadísimo para esta época; me refiero a los sufrimientos que padeció Nuestro Señor en su inmaculada e inocente alma.
Bien sabéis, hermanos míos en Jesucristo, que Nuestro Señor y Salvador, aunque era Dios, era también verdadero hombre; y por lo tanto poseía no solamente un cuerpo, sino también un alma como la nuestra, aunque, claro es, exenta de toda mácula. Jesucristo no tomó el cuerpo sin alma. ¡Dios no lo permitiera! porque entonces no hubiera sido verdadero hombre. Pues ¿cómo hubiera podido santificar nuestra naturaleza, si tomaba otra que no fuera la nuestra?
El hombre sin alma es como las bestias de los campos; pero Nuestro Señor vino al mundo para salvar a la especie humana que es capaz de adorarlo y obedecerlo, poseído de inmortalidad, aunque ésta hubiera perdido su bendición prometida. El hombre fue creado a imagen y semejanza de Dios, y esa imagen está en su alma; luego cuando su Hacedor, por una condescendencia inefable, se revistió de nuestra naturaleza, también tornó un alma que estuviera de acuerdo con el cuerpo, alma que fuera el medio de su unión con el cuerpo; Tomó en primer lugar el alma y luego el cuerpo humano, ambos a la vez, pero en este orden: el alma y el cuerpo. Dios mismo creó el alma que había de tomar para sí, mientras que su cuerpo lo tomó de la carne de la Bendita Virgen María, su madre.
De este modo es como Dios se convirtió en hombre perfecto, con cuerpo y alma; y por eso se revistió de un cuerpo de carne y con nervios, y no sólo tomó un cuerpo de carne y nervios que admitiese las heridas y la muerte, y fuese capaz de sufrimientos, sino también un alma susceptible de estos sufrimientos, y aún más, susceptible de las penas y amarguras propias del alma humana, por lo que, así como su cuerpo sufrió la Pasión expiatoria, así también la sufrió su alma.
Mientras estos solemnes días van transcurriendo, nos detendremos, especialmente, hermanos míos en Jesucristo, a considerar los sufrimientos corporales de la prisión de Jesús, su peregrinación ante los jueces, sus golpes y heridas, sus azotes, la corona de espinas, los clavos, la Cruz. Todo esto está compendiado en el Crucifijo que pende ante nuestra vista: todo esto está representado en su sacrosanta carne, pendiente de la Cruz, y al verlo se nos facilita la meditación.
Pero con los sufrimientos de su alma ocurre de modo muy distinto. Esos sufrimientos no podemos representarlos ni investigarlos debidamente: se hallan muy por encima de todo sentimiento y pensamiento; y sin embargo se anticiparon al sufrimiento de su cuerpo. La agonía, sufrimiento del alma, no del cuerpo, fue el primer paso de su tremendo sacrificio: “Mi alma siente angustia de muerte”, nos dijo Jesús. Es más, todo lo que padecía en su cuerpo también lo padecía en su alma; y de este modo es como el cuerpo no era más que el conducto por el cual se vertían todos sus sufrimientos al verdadero centro de su pasión, que era su alma. Piemos de insistir en este hecho: os afirmo que no era el cuerpo el que sufría, sino el alma en el cuerpo; era el alma y no el cuerpo el centro de los sufrimientos del Verbo Eterno.
Consideremos, entonces, que no existe pena en realidad, aunque haya un sufrimiento aparente, cuando se carece de sensibilidad interna o espiritual, verdadero centro o núcleo del sentir. Un árbol, por ejemplo, tiene vida, órgano, crece y decae, puede ser dañado e inutilizado; se seca y muere, pero no sufre, porque no tiene espíritu, ni principio sensitivo. Más donde existe este don del principio inmaterial, es posible el dolor, siendo éste mayor en proporción a la calidad de dicho don. Si careciéramos de espíritu, sentiríamos lo que siente un árbol; si careciéramos de alma racional, no sentiríamos el dolor más de lo que lo siente el bruto, pero siendo hombres sentimos el dolor como solamente lo sienten aquellos que poseen alma racional.
Por esto, afirmo que los seres vivientes sienten de acuerdo al espíritu que los anima; el bruto siente mucho menos que el hombre, al no poder reflexionar acerca de lo que siente y al carecer de conciencia directa de sus sufrimientos. Por ende, el dolor es una prueba tan penosa que no podemos apartar el pensamiento de él, mientras nos acosa. Flota ante nosotros, se posesiona de nuestro espíritu, se adueña de nuestros pensamientos para fijarlos en sí. Si logramos distraer la mente, parece que el dolor se amortigua; por eso los amigos tratan de entretenernos cuando el dolor nos atormenta, porque el entretenimiento es distracción. Este método suele dar buen resultado, cuando nos aqueja un dolor leve, llegando hasta la insensibilidad del dolor mismo aún cuando suframos. Sucede generalmente que durante ejercicios violentos, o en el trabajo, los hombres se golpean o hieren de consideración, atestiguando la profundidad de sus heridas el sufrimiento que deben haber sentido en el momento de producírselas, aun cuando nada recuerden de ello.
También en el fragor de la lucha los combatientes se infligen heridas que no se advierten por el dolor que les producen sino por la pérdida de sangre que experimentan.
Os demostraré muy pronto, hermanos en Jesucristo, cómo aplicaré lo que os acabo de exponer a los sufrimientos de Nuestro Señor; pero primero quiero haceros otra observación: podemos soportar un instante de dolor, pero éste, si persiste, se torna intolerable. Tal vez llegaríais a exclamar que no podríais soportar más; por eso los pacientes quisieran detener la mano del cirujano solamente porque éste les causa un sufrimiento continuado; con esto digo que no es la intensidad lo que hace insoportable el dolor, sino su persistencia.
¿Acaso no son verdaderos filos de dolor el recuerdo de los momentos precedentes que actúan agudamente sobre el doliente?
Si el tercer, cuarto o vigésimo instante de dolor pudiera olvidarse, no existiría más que el primer momento, llevadero por ende, salvo el choque producido por ese primer dolor; pero lo que lo torna en insufrible es precisamente que es el vigésimo; pues, el primero, segundo, tercer momento hasta llegar al decimonono instante de dolor se concentran en el vigésimo; por eso cada instante adicional tiene toda la fuerza, la creciente fuerza, de todos los que le han precedido. Esta es la causa por la que los brutos parecen sentir tan poco el dolor, por carecer de reflexión y de conciencia. Ignoran su existencia, no reflexionan acerca de sí mismos, no miran ni al pasado ni hacia el futuro, pues cada instante a medida que va sucediendo comprende su todo; camina por la superficie de la tierra, viendo esto o aquello, sufriendo las penas, gozando en las alegrías, tomando las cosas como son y abandonándolas luego, como les acontece a los hombres cuando sueñan.
Tienen memoria, pero no memoria de ser racional. Reciben sensaciones particulares, pero no llegan a ejecutar nada por propia iniciativa, pues su capacidad no les permite reunir los elementos del que brotaría la consecuencia. Nada es para los animales ni realidad ni substancias, a no ser las sensaciones; aunque perciben sucesivamente todas y cada una de sus impresiones. De esta manera es como, a semejanza de sus otros sentidos, el que percibe el dolor no es más que débil y oscuro, a pesar de su manifestación exterior. Lo que otorga especial poder y agudeza al dolor es la compresión intelectual del mismo, como difusión total a través de sucesivos momentos, y solamente el alma, que no posee el bruto, es capaz de aquella comprensión.
Ahora bien, apliquemos todo esto a los sufrimientos de Nuestro Señor. ¿Recordáis cuando se le ofreció vino mezclado con mirra, en el instante de su crucifixión? No quiso beberlo. ¿Por qué? Porque tal bebida habría adormecido su mente, y Cristo estaba decidido a sufrir el dolor en toda su amargura. Sacad en conclusión de todo esto, amados hermanos míos, el carácter de aquellos sufrimientos. Jesús gustosamente hubiera escapado de ellos si hubiese sido la voluntad de su padre: “Si es posible -dijo- aparta de mí este cáliz”, pero dado que no era posible, explica calmosamente y decididamente al Apóstol que quería salvarle de esos sufrimientos: “El cáliz que mi Padre me ha dado ¿no he de beberlo?” Si tenía que sufrir, El mismo se entregaría al sufrimiento.
Cristo no vino a sufrir lo menos posible, ni a desviarse del sufrimiento, sino que lo enfrentó, y lo acometió, para que hasta la más pequeña porción de dolor cumpliera su cometido causándole la debida impresión. Y así como los hombres son superiores a los animales y el dolor les afecta más que a éstos, ya que poseen inteligencia que les capacita para el dolor, lo que es imposible en el caso del bruto; así de la misma manera Nuestro Señor padeció el dolor corporal con tal observación y conciencia, y por ende con tan aguda intensidad, con tal unidad y percepción, que ninguno de nosotros puede ni rastrear ni mucho menos alcanzarlo. Y esto era así porque su alma estaba absolutamente en su poder, y tan simplemente dueño de su atención, tan entregada al dolor y a la pena, tan absolutamente subordinada, tan sujeta al sufrimiento, que bien se puede decir que sufrió la totalidad de su pasión en cada instante de la misma.
Recordad que Nuestro Señor era en este aspecto diferente a nosotros, pues aunque hombre perfecto, sin embargo existía en El un poder superior a su alma y que la gobernaba, pues Cristo era Dios. El alma de los hombres mortales está sujeta a sus deseos, sentidos, impulsos, pasiones y perturbaciones; el alma de Cristo estaba sujeta únicamente a su Eterna y Divina Persona. Nada le aconteció a su alma por azar o súbitamente; Nuestro Señor nunca fue sorprendido, nada le afectó sin haberlo El deseado antes, nunca padeció pesares, ni temores, ni deseos, ni regocijos de espíritu, sin que El no hubiese deseado estar apesadumbrado, o temeroso o deseoso o regocijado. Cuando nosotros sufrimos, es a causa de agentes exteriores y emociones incontrolables de nuestro espíritu.
Caemos involuntariamente bajo el yugo del dolor, sufrimos más o menos agudamente ciertas circunstancias accidentales, y vemos nuestra paciencia puesta a prueba por el dolor de acuerdo al estado de nuestro espíritu, por lo que tratamos, en lo posible de aliviarlo y evitarlo. Nos es imposible anticipar la extensión del dolor que hemos de padecer, y tampoco calcular la capacidad que poseemos para soportarlo. Tampoco podremos decir después por qué lo liemos sentido, o por qué no lo hemos soportado mejor. De modo muy distinto sucedió con Nuestro Señor. Su Persona Divina no estaba subordinada, ni podía ser expuesta al influjo de afectos y sentimientos humanos!, excepto cuando El lo consentía. Lo repito, cuando Cristo quería temer, temía, cuando quería acongojarse, El se acongojaba. No estaba su Corazón abierto a las emociones, sino que voluntariamente daba cabida a los impulsos con los cuales El se enternecía. Por consiguiente, cuando se decidió a soportar los dolores de su Pasión, lo hizo, como afirma el Sabio formalmente, con todo su poder, no a medias; no apartó su mente del dolor, como solemos nosotros hacer (¿cómo podría hacerlo Jesús, que vino a sufrir, y que sufría por propia voluntad?), no dijo que sí y luego se desdijo, sino que lo que Cristo dijo, Cristo lo cumplió. Y así nos dice en el Evangelio: “He aquí que vengo a hacer tu voluntad, ¡oh Dios mío! Tú 410 quieres el sacrificio y la ofrenda que no sea el Cuerpo que Tú me has concedido”.
Cristo tomó cuerpo mortal para poder sufrir, se hizo hombre para poder sufrir como hombre; y cuando hubo llegado su hora -aquella hora de Satanás y de tinieblas, en la cual el pecado iba a derramar toda su malicia sobre El-, aconteció que se ofreció completamente en holocausto, y así como todo su Cuerpo pendía de la Cruz, así también entregó a sus verdugos toda su Alma, dándose cuenta plenamente, con total conocimiento e inteligencia despiertísima, con cooperación viviente e intensidad absoluta, no como quien concede un permiso virtual o sumisión pusilánime. Todo esto fue lo que Cristo entregó a los que lo atormentaban.
Su Pasión no fue un mero estado pasivo, sino verdadera acción. Cristo vivió enérgica e intensamente, mientras languidecía, se desmayaba y moría. No murió sino por un acto de su voluntad, pues al inclinar su cabeza, lo hizo tanto en señal de acatar una orden como en señal de resignación. Por eso dijo: “Padre, en tus manos encomiendo mi Espíritu”. Cristo dio la orden: entregó su Alma, pero no la perdió.
Así vemos, amados hermanos míos, que si Nuestro Señor hubiese sufrido solamente en su cuerpo, y aunque su sufrimiento no hubiese sido tan intenso como el que otros padecieron, sin embargo, con relación al dolor, sería infinitamente mayor; pues el dolor se mide por el poder que se tiene para soportarlo y realizarlo. Dios era el que sufría, y sufría en su naturaleza humana. Los sufrimientos pertenecían a Dios, y Cristo los bebió y apuró hasta el final del cáliz. No los probó o sorbió, como el hombre toma los medicamentos amargos que le ofrecen. Esto que os acabo de decir me sirve para refutar una objeción que voy a indicaros, y que tal vez ya bullía en la mente de muchos: algunos se olvidan la parte que el Alma de Nuestro Señor tuvo en la satisfacción por nuestros pecados.
Nuestro Señor nos dice al comienzo de su agonía: “Mi Alma siente angustias de muerte”. Todavía podéis haceros, hermanos míos, esta pregunta: ¿Es que acaso no poseía Cristo algún consuelo peculiar, desconocido para los demás, que disminuyera e impidiera la angustia de su Alma, y le hiciera sentir por lo tanto menos que a cualquier mortal? Por ejemplo, tríe diréis, Cristo poseía una seguridad y certeza de su inocencia cual ninguna otra víctima podía tener. Aun sus perseguidores, hasta el apóstol mendaz que lo traicionó, el juez que lo sentenció, y los soldados que llevaron a cabo su ejecución, atestiguaron su inocencia.
“He pecado, entregando la sangre de un inocente”, dijo Judas. “Yo soy inocente de la sangre de este Justo”, afirmó Pilatos. “En verdad que, este hombre era un justo”, clamó el Centurión.
Si aun todos esos, que eran pecadores, fueron testigos de su inocencia, ¡cuánto más lo habrá sentido su alma! Sabemos perfectamente que hasta en nuestro caso, siendo pecadores, gira principalmente acerca de la conciencia que tengamos de nuestra inocencia o de la culpa nuestro poder para soportar la oposición de nuestros enemigos y la calumnia: cuánto más, me diréis, habrá compensado esa certeza, en el caso de Nuestro Señor. También podréis objetar que Cristo sabía que sus sufrimientos eran cortos, que su fin sería glorioso. Si se tiene en cuenta que la incertidumbre por el futuro es uno de los más agudos tormentos que angustian al hombre, Cristo no pasaba esa ansiedad, pues El no estaba en suspenso, ni sentía desaliento o desesperación, ya que nunca, me diréis, fue abandonado. Para confirmar todo esto podéis relatarme palabras de San Pablo, que expresamente nos dice: “Gracias a la gloria que le aguardaba, Nuestro Señor despreció la vergüenza”. Ciertamente que en todo lo que Cristo hace se manifiesta maravillosa calma y dominio de sí mismo. Ejemplo de ello, sus consejos a los Apóstoles: “Velad y orad, para que no entréis en tentación; el espíritu a la verdad está pronto, más la carne es flaca”, o sus palabras a Judas: “Amigo, ¿a qué has venido?” y “Judas, ¿con un beso vendes al Hijo del Hombre?” o a Pedro: “Todos los que tomaren espada, perecerán con la espada”, o al hombre que le abofeteó: “Si he hablado mal, muestra en qué está el mal, y si bien, ¿por qué me hieres?”, o a su Madre Bendita: “Mujer, he ahí a tu Hijo”.
Todo esto es verdad, y mucho más se podría aducir de acuerdo, y para ilustrar lo que acabo de comentar. Hermanos míos amadísimos, únicamente habéis confirmado con estos ejemplos, y para emplear un lenguaje humano, que Cristo fue siempre el mismo. Su espíritu fue su centro, y ni por un instante perdió su equilibrio celestial y perfecto. Lo que Cristo sufrió, lo sufrió porque se colocó a sí mismo, deliberada y tranquilamente, bajo el sufrimiento. Así como dijo al leproso: “Lo quiero: queda limpio”, y al paralítico: “Que, tus pecados te sean perdonados”, y al Centurión: “Yo iré y lo curaré”, y a Lázaro: “Levántate y anda”, y así dijo: “Ahora comenzaré a sufrir”, y comenzó su sufrimiento. Esto es la prueba de cómo gobernaba por completo su espíritu.
En el momento preciso, Cristo abrió las compuertas y el torrente se precipitó sobre El con todo ímpetu. Esto es lo que nos dice San Marcos, de quien se afirma que escribió su Evangelio oyéndolo de los propios labios de San Pedro, uno de los tres testigos presentes en ese momento: “En esto llegaron al huerto llamado Gethsemianí, y dijo a sus discípulos: “Sentaos aquí mientras Yo hago oración”. Y llevándose a Pedro a Santiago y a Juan comenzó a atemorizarse y angustiarse”.
Ved en esto cómo actuaba deliberadamente; El se aparta a un lugar próximo y allí lanza la palabra de mando, retira de su alma el apoyo de la Divinidad, y entonces la desesperación, el terror y la melancolía hacen presa de El. Cristo penetra en una agonía mental de acción tan definida, como lo serían para el cuerpo humano, el fuego o el potro.
Dado este hecho, amados hermanos míos, no es justo decir que Cristo estaba sostenido durante su prueba por la certeza de su inocencia y la anticipación del triunfo, pues, casualmente, la prueba que padecía consistía precisamente en la falta absoluta de esa seguridad y anticipación. El único acto que admitió una sola angustia sobre su Alma, admitía todas las angustias simultáneamente.
No se trata de impulsos y puntos de vista antagónicos, provenientes del exterior sino de la acción de una resolución interior. Mucho más de lo que los hombres que poseen un dominio total sobre sí mismos y que pueden trasladar su pensamiento de uno a otro asunto, según su deseo, hizo Jesús negándose el consuelo, y saciándose de sufrimientos. En ese momento su Alma no pensó en el futuro, sino solamente en la carga del presente, por la cual había venido al mundo a padecer.
Y ahora hermanos míos, ¿qué era eso que Cristo tenía que soportar, cuando así abrió su Alma al torrente de la pena ya predestinada? ¡Ay! Jesús tenía que soportar lo que es bien conocido de nosotros, lo que nos es familiar, pero que para El era pena inefable. Tenía que soportar aquello que es tan fácil para nosotros, tan natural, tan bienvenido, que no podemos pensar que se necesite tanta tolerancia para sufrirlo, pero que para El tenía el sabor de mortal veneno.
Cristo tenía, amados hermanos míos, que soportar el peso de nuestros pecados; tenía que soportar los pecados de la humanidad entera. El pecado es cosa fácil para nosotros; pensamos muy poco en él y no comprendemos cómo pudo preocupar tanto al Creador; no podemos forzar nuestra imaginación a creer que merece justo castigo, y aun cuando en el mundo reciba su merecido, lo justificamos o alejamos de nuestra mente. Mas, considerad lo que es el pecado en sí; es la rebelión contra Dios; es la acción de un traidor cuyo fin es el destronamiento y la muerte de su Soberano; es. si se me permite expresarme con rudeza, lo suficiente como para que el Conservador Divino del mundo cesará de serlo.
El pecado es el mortal enemigo del Altísimo. Esta es la razón por la que El y el pecado no pueden nunca convivir; y así como el Altísimo lo arroja de su presencia a las tinieblas, de la misma manera si Dios pudiera dejar de ser Dios, sería el pecado el que tendría el poder de hacerlo. Y aquí observad, amados hermanos míos, que una vez que el Amor Todopoderoso al tomar la carne, entró en este sistema de la creación y se sometió a Sí Mismo a sus leyes, entonces e inmediatamente este antagonista del bien y de la verdad, tomando ventaja de la ocasión, se arrojó sobre la carne que Cristo había tomado, y se afirmó en ésta, siendo causante de su muerte. La envidia de los Fariseos, la traición de Judas, y la locura de las gentes, fueron los instrumentos o medios de expresión de la enemistad que sintió el pecado hacia la Eterna Pureza, no bien Dios, en su infinita misericordia hacia los hombres, púsose a Sí Mismo dentro de su alcance.
El pecado no podía tocar a su Divina Majestad; pero podía acometerlo del modo como El permitiera ser acometido, esto es, por medio de su Humanidad. Al final, en la muerte de Dios Encarnado, aprendemos, hermanos míos en Jesucristo, lo que es el pecado en sí mismo, y lo que era mientras caía, en aquella hora y con toda su fuerza, sobre su Humana Naturaleza, para que Cristo se sintiera tan lleno de horror y consternación a la sola imaginación anticipada.
Entonces en aquella triste hora, arrodillóse el Salvador del mundo, desprendiéndose de las prerrogativas de su Divinidad, despidió a los Ángeles, que por millares estaban prontos a su solo llamado, y abrió sus brazos, desnudó su pecho, puro como era, al asalto de su enemigo -un enemigo cuyo aliento era pestilente, y cuyo abrazo era una agonía. Helo arrodillado, inmóvil y mudo mientras la vil y horrible fiera vestía su espíritu con el ropaje odioso y atroz del crimen humano, que prendiéndose en su corazón, llenó su conciencia, y encontró la entrada para todos sus sentidos y hasta la ínfima partícula de su mente, extendiendo sobre Él una lepra moral, hasta que Cristo se sintió casi convertido en lo que El nunca podría ser y en lo que su enemigo gustosamente lo hubiera transformado. ¡Oh, qué horror cuando al mirarse no se conoció y se sintió cual impuro y aborrecible pecador, a través de la vivida percepción de aquella masa de corrupción que se derramaba sobre su cabeza y se esparcía hacia abajo hasta la orla de sus vestiduras! ¡Oh, qué confusión cuando encontró sus ojos, manos, pies, labios y corazón como si fueran miembros del Maligno y no de Dios!
¿Eran éstas sus manos antes inocentes, pero ahora tintas en sangre de diez mil acciones crueles? ¿Son éstos sus labios que ya no se abren para alabar, orar, bendecir, sino que están manchados con juramentos, blasfemias y doctrinas demoníacas? ¿Y sus ojos, profanados por todas las visiones diabólicas y fascinaciones idólatras por las cuales los hombres han abandonado a su adorable Creador? ¡Y sus oídos! Vibra en ellos el sonido de las orgías y las disputas. Su corazón está yerto por la avaricia, la crueldad y la falta de fe; y su misma memoria hállase colmada con todos los pecados que han sido cometidos desde la caída del hombre, en todos los ámbitos de la tierra, plena del orgullo de los antiguos gigantes, y la lujuria de las cinco ciudades, y de la obcecación de Egipto, y la ambición de Babel, y de la ingratitud y ludibrio de Israel.
¿Quién no conoce la miseria que trae un pensamiento que nos ronda continuamente a pesar de que tratamos de rehuirlo y persiste en molestarnos si no nos puede seducir? ¿O de una odiosa y enferma imaginación, no nuestra, pero que es introducida en nuestras mentes por fuerzas extrañas? ¿O de los conocimientos satánicos alcanzados con o día culpa del hombre, y por cuyo desprendimiento y olvido para siempre, daría el hombre un alto precio? Adversarios como éstos se reunieron a tu alrededor, Bendito Señor, en número de millones; vienen en tropeles más numerosos que las plagas de langostas o del gorgojo, que los azotes del granizo, o de las moscas o de las ranas, enviadas contra Faraón. Allí están presentes todos los pecados de los vivos y de los muertos, de los que aún no han nacido, de los que se han perdido y de los que se han salvado, de tu pueblo y de los gentiles, de pecadores y de Santos. Tus más queridos, tus santos y tus elegidos, pasan sobre Ti.
Tus tres Apóstoles, Pedro, Santiago y Juan también se hallan contigo pero no para consolarte, sino como acusadores, como los amigos de Job, "arrojando tierra hacia el cielo", acumulando maldiciones sobre tu cabeza. Todos se encuentran ahí: sólo falta una persona; y no estaba porque Ella que no tuvo parte en el pecado, era la única que podía consolarte; por eso no estaba cerca de los pecadores. María estaría cerca de Ti en la Cruz, y lejos de Ti en el huerto. Ha sido tu compañera y tu confidente durante tu vida; intercambió contigo los puros pensamientos y santas meditaciones de treinta años; pero su oído virginal no puede percibir, ni su corazón inmaculado concebir, lo que ahora se te presenta cual visión delante de tu vista. Sólo Dios pudo soportar tal prueba; algunas veces has mostrado a tus Santos la imagen de un pecado, como aparecen a la luz de tu faz, o de pecados veniales, y no de mortales; y ellos nos han dicho que su vista les acarreó todos los horrores menos la muerte, y, los hubiera muerto si no hubieran sido instantáneamente retirados.
La Madre de Dios aun con toda su Santidad, ni aun en razón de ella, podría haber soportado ni una parte de aquella innumerable progenie de Satanás que ahora te cerca. Es la eterna historia del mundo, y Dios solamente puede soportar su peso. Las esperanzas marchitas, los juramentos quebrantados, las luces extinguidas, los consejos despreciados, las oportunidades perdidas, la inocencia traicionada, la juventud encallecida, los pecadores reincidentes, los justos vencidos, los ancianos malogrados, el sofisma del error, la terquedad de la pasión, la obstinación del orgullo, la tiranía de la mala costumbre, el cáncer del remordimiento, las fiebres extenuantes de la preocupación, la angustia de la vergüenza, los alfilerazos de la desilusión, la enfermedad de la desesperación, los espectáculos crueles y lastimosos, las escenas repugnantes, detestables y enloquecedoras : aún más, los rostros macilentos, los labios convulsos, las mejillas arrebatadas, el ceño fruncido de los esclavos voluntarios del demonio, todos y todas estas maldades se hallan ahora delante de Cristo, pesan sobre El y en El.
Se encuentran en Cristo, en vez de aquella paz inefable que habitaba en su Alma desde el momento de su concepción. Se hallan ahora sobre Cristo, como si le pertenecieran. Jesús clama a su Padre cual si fuera el criminal, y no la víctima. Su agonía toma la forma de culpa y de arrepentimiento. Cristo hace penitencia, Cristo se confiesa, Cristo se ejercita en la contrición, con una realidad y virtud infinitamente mayores que la de todos los Santos y penitentes juntos, pues El es la única víctima, la única satisfacción, el verdadero penitente, y todo, menos el verdadero pecador.
Cristo se levanta lánguidamente de la tierra y se vuelve para enfrentarse con el traidor y sus secuaces que ya rápidamente se acercan en medio de sombras profundas. Cristo se vuelve, y, ¡miradle! Se ve sangre en sus ropas y en sus huellas. ¿De dónde proceden estos frutos primeros de la Pasión del cordero? Todavía ningún soldado ha azotado su cuerpo, ni sus manos ni pies han sido taladrados por el verdugo. Hermanos míos, Cristo sangró antes de tiempo; Cristo derramó su sangre, pues su Alma agónica rompió su envoltura humana y fluyó en sangre al exterior. Su Pasión comenzó por su interior. Aquel atormentado corazón, centro de ternuras y de amor, comenzó a trabajar y golpear vehemente y más de lo que podía soportar según las leyes naturales; “los cimientos del abismo profundo se quebraron”; el rojo fluido vital circuló tan abundante y vigorosamente por todo su cuerpo, que desbordando las venas y aflorando por los poros, detúvose como copioso rocío sobre su sacrosanta piel, convirtiéndose luego en gotas que rodaron henchidas y pesadas empapando la tierra.
“Mi Corazón siente angustias de muerte”, dijo el Salvador. Así se ha definido aquella terrible peste que se cierne sobre todos y que llega con la muerte, queriéndose con esto afirmar que no tiene principio, que no hay posibilidad de esquivarla, que la esperanza ya no existe cuando llega, y que lo que parece ser su curso no es más que agonía de muerte y verdadera disolución. Así es como vuestro Sacrificio Reparador, ¡ Oh Jesús!, con un sentido mucho más elevado, comenzó en ti esta pasión de dolor, no llegando a morir porque obedeciendo vuestra orden omnipotente no se rompió tu Divino Corazón, ni el Alma se separó del Cuerpo, hasta que Vos mismo, padecisteis en la Cruz.
No; Cristo no había aún vaciado aquel cáliz rebosante hasta los bordes, y del cual al principio su débil naturaleza deseaba apartarse. La aprehensión en el Huerto, la bofetada del soldado, la prisión, el juicio, las mofas, la peregrinación de tribunal en tribunal, la corona de espinas, el lento camino hacia el Calvario y la Crucifixión todavía tenía que padecerlas Nuestro Salvador. Había de transcurrir una noche y un día completos, hora tras hora, tiempo terriblemente largo antes de que llegara su fin y de que satisficiera su misión.
Luego, cuando el momento señalado hubo llegado, y Cristo lo ordenó, así como su Pasión había comenzado en su Alma, en su Alma terminó. Cristo no murió de agotamiento o de dolor corporal. Cuando lo ordenó, su atormentado Corazón se quebró, y Jesús encomendó su Espíritu al Padre.
“¡Oh, Corazón de Jesús, todo amor, te ofrezco estas humildes oraciones por mí y por todos aquellos que se unen a mí en espíritu para adorarte! ¡Oh, Sagrado Corazón de Jesús, muy amado!, deseo renovar y ofrecerte estos actos de adoración y oraciones por mí, miserable pecador, y por todos aquellos que se me unen para adorarte, durante todos los instantes, mientras me quede un soplo de vida hasta el final de mis días. Te pido, ¡Oh, mi buen Jesús!, polla Santa Iglesia, tu amada esposa, y nuestra verdadera Madre, por todas las almas de los justos y por todos los pobres pecadores, por los afligidos y por los moribundos, y en fin, por toda la humanidad. No has de permitir que tu Sangre sea derramada en vano. Finalmente, dígnate aplicarla para aliviar las penas de las almas del purgatorio, y particularmente las de aquellos que en su vida practicaron esta santa devoción de adorarte en la Cruz”.John Henry Cardenal Newman, “Antología, selección de sus principales obras en prosa”, editorial Difusión, Buenos Aires 1946, págs. 181-192.
Stat Veritas
Santas Pascuas de Resurrección les desea Argentinidad.
Esteban Falcionelli





